Buscar comida para distraerse, aliviar el estrés o sentirse acompañado puede convertirse en una respuesta automática, incluso cuando el cuerpo no necesita alimento. Identificar qué ocurre antes de esos impulsos es uno de los pasos para manejar la alimentación emocional, según especialistas de Cleveland Clinic, Mayo Clinic y Johns Hopkins.
La psicóloga Susan Albers, de Cleveland Clinic, explica que el hambre física y el deseo de comer por aburrimiento suelen aparecer de manera diferente. La primera generalmente aumenta de forma gradual y puede acompañarse de sensaciones estomacales o falta de energía. El segundo tiende a presentarse repentinamente, con una necesidad urgente de comer.
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Revisar la nevera repetidas veces, picar mientras se usa el celular o comprar una merienda por costumbre son conductas que pueden estar relacionadas con el cansancio, la falta de estímulos o emociones como tristeza, ansiedad y soledad.
Una investigación publicada en la revista Appetite, que reunió más de 40,000 respuestas de 801 participantes en nueve estudios, encontró que el aburrimiento fue la única emoción evaluada asociada de manera consistente con una mayor probabilidad de consumir meriendas posteriormente.
Los investigadores observaron, sin embargo, que comer no necesariamente reducía el aburrimiento. También advirtieron que la participación mayoritaria de mujeres jóvenes limita la posibilidad de extender los resultados a toda la población.
Mayo Clinic señala que las preocupaciones económicas, los conflictos personales, las demandas del trabajo y el agotamiento pueden favorecer este comportamiento. Algunas rutinas, como mirar televisión o pasar períodos prolongados frente al teléfono, también pueden asociarse con el impulso de comer.
Para reconocer esos patrones, los especialistas recomiendan hacer una pausa antes de buscar alimento y preguntarse cuándo se comió por última vez, qué señales físicas existen y qué emoción se está experimentando. Registrar los horarios y las circunstancias de cada episodio puede ayudar a identificar desencadenantes.
Cambiar de habitación, caminar, conversar con alguien o realizar una actividad que requiera atención son otras opciones para interrumpir la respuesta automática. Durante las comidas, aconsejan apartar las pantallas, masticar despacio y prestar atención al sabor y la textura de los alimentos.
La psicóloga Neda Gould, directora del Programa de Mindfulness de Johns Hopkins, destaca que observar las señales internas del organismo puede facilitar la distinción entre el hambre física y las decisiones alimentarias impulsivas.
Los especialistas aclaran que comer ocasionalmente por una emoción no implica necesariamente un problema. Recomiendan buscar apoyo profesional cuando estos episodios generan angustia, vergüenza, atracones o sensación de pérdida de control, o cuando la comida se convierte en el principal recurso para afrontar el malestar.
El objetivo es desarrollar una relación más consciente con la alimentación, sin añadir culpa ni restricciones innecesarias.



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