Dinamarca dice NO a la entrega de Groenlandia, ¿intentará EE.UU tomarla por la fuerza?

La escena completa deja una conclusión sobria. La guerra es poco probable. La presión política y los acuerdos asimétricos, no. En el Ártico, el poder rara vez entra golpeando la puerta. Casi siempre entra por la rendija.
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Washington, DC.- La delegación danesa y la representación de Groenlandia entraron a la Casa Blanca con una meta clara, bajar la temperatura antes de que una crisis diplomática se convirtiera en una ruptura abierta dentro de la OTAN. Salieron sin un acuerdo y con una frase que pesó más que cualquier gesto protocolar, existe un desacuerdo fundamental con Washington sobre la idea de que Estados Unidos “adquiera” Groenlandia. 

Lo que se vio afuera fue la fotografía real de lo que sucedió dentro. No hubo anuncio grande, ni cambio de postura, ni mensaje conjunto. Dinamarca y Groenlandia fueron quienes hablaron ante la prensa, mientras el lado estadounidense evitó ponerse frente a las cámaras con ellos. En diplomacia, esa ausencia casi siempre significa lo mismo, la conversación fue incómoda o no existía una narrativa común que vender. 

Dentro de la reunión, el tono fue de contención, no de “acuerdo”. La parte europea llegó con una línea roja innegociable, cooperación sí, soberanía no. Desde su perspectiva, se puede discutir seguridad en el Ártico, patrullaje, intercambio de inteligencia y presencia militar, pero no el destino político de un territorio que, por derecho y por voluntad de sus habitantes, no está en venta. 

El único resultado concreto fue un mecanismo para seguir hablando. Un grupo de trabajo de alto nivel para “estudiar preocupaciones de seguridad” que permita mantener el tema dentro de un canal controlado, y evitar que la crisis se rompa públicamente entre aliados; en términos prácticos, fue una forma de ganar tiempo. 

Del lado estadounidense, el argumento se repite con disciplina. Groenlandia es clave para la seguridad nacional, por su ubicación ártica, su peso estratégico en el tablero de Rusia y China, y su valor para sistemas de defensa como el proyecto conocido como Golden Dome. Para Dinamarca, esa justificación tiene un problema central, Estados Unidos ya posee acceso militar histórico en la isla por acuerdos vigentes, lo que hace que la anexión no sea un requisito operativo para reforzar la defensa. 

Ahí aparece la lectura más delicada. Si la anexión no es necesaria para ampliar capacidades militares, entonces la presión parece apuntar a otra cosa, control político total, control de infraestructura crítica y un triunfo simbólico de poder. Es una disputa que mezcla seguridad real con ambición, recursos y narrativa interna de fuerza. 

En este contexto, los escenarios que se abren no se miden solo por tanques o desembarcos. Se miden por niveles de coerción.

Un intento de toma por la fuerza directa luce improbable en el corto plazo, con un riesgo bajo, alrededor de 1 a 5 por ciento. El costo sería devastador incluso sin disparar. Sería un choque entre aliados, una fractura interna de la OTAN, y una tormenta legal y política incompatible con el derecho internacional contemporáneo. El golpe a la credibilidad estratégica de Washington sería inmediato.

El escenario más probable es otro. Presión fuerte sin guerra, con una probabilidad alta, 40 a 60 por ciento. Esa ruta incluye ultimátums, retórica pública para arrinconar a Copenhague, y una campaña sostenida para obligar a aceptar más presencia y más control estadounidense en nombre de la seguridad ártica. La coerción funciona cuando no necesita balas, solo desgaste, miedo y urgencia. 

Luego está el riesgo intermedio, una toma por etapas disfrazada de acuerdo, con una probabilidad media de 15 a 30 por ciento. Sería un paquete de “seguridad” que amplía el control operativo sobre puertos, vigilancia, minerales y logística estratégica. Formalmente no se llamaría anexión, pero en la práctica podría reducir la soberanía efectiva y convertir a Groenlandia en un protectorado de facto, con decisiones claves amarradas a otra bandera.

Dinamarca y Groenlandia parecen entenderlo. Por eso su mensaje público fue rápido, firme y sin ambigüedad. Cooperación sí, pero autodeterminación intacta. Y por eso también insistieron en el grupo de trabajo, no como concesión, sino como contención.

La escena completa deja una conclusión sobria. La guerra es poco probable. La presión política y los acuerdos asimétricos, no. En el Ártico, el poder rara vez entra golpeando la puerta. Casi siempre entra por la rendija.

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