Alta tasa de rechazo y venganza del PLD frenan el regreso de Leonel Fernández en 2028

Por eso el análisis no debe empezar en la segunda vuelta. La segunda vuelta solo existe si el oficialismo cae por debajo de 50 en la primera. En 2024, la Junta Central Electoral registró una victoria de Luis Abinader y el PRM con 57.44 por ciento, equivalente a 2,507,297 votos. Fernández obtuvo 28.85 por ciento, con 1,259,427 votos, y el PLD 10.39 por ciento. La distancia obliga a mirar la primera ronda como el verdadero campo de batalla. Para que la elección se abra, el PRM tendría que caer por debajo de 50, y la oposición tendría que concentrarse alrededor de una candidatura capaz de sumar por encima de sus límites históricos.
La ruptura con el PLD hace más difícil esa concentración. En mecánica electoral, ese voto dejó de ser un reservorio potencial y pasó a ser un factor estructural de resistencia. No es una abstracción. Es la consecuencia política de una separación marcada por transfuguismo, disputas internas y acusaciones de traición que todavía definen identidades. En una elección cerrada, ese bloque puede bloquear el voto útil que normalmente empuja a la oposición en segunda vuelta, porque una porción decisiva se niega a “volver” y otra simplemente se desmoviliza.
A la aritmética se suma el territorio. En las municipales de 2024, el PRM ganó 121 de 158 alcaldías; el PLD 16 y la Fuerza del Pueblo 6. Esa ventaja no es decorativa. Alcaldías significan redes, logística, activismo, transporte, defensa del voto y presencia diaria. En un país donde la participación suele moverse alrededor de la mitad del padrón, una maquinaria territorial sólida inclina la primera vuelta, porque moviliza a quien ya simpatiza y reduce la eficacia del adversario en los márgenes.
Si la Fuerza del Pueblo necesita crecer fuera de su voto duro, aparece el factor más limitante, la taza de rechazo personal de Fernández. Encuestas publicadas durante 2024 y 2025 lo han colocado de forma recurrente como uno de los dirigentes con mayor tasa de rechazo entre los principales presidenciables. En mayo de 2024, una medición de Gallup RCC Media reportó 30.8 por ciento en la pregunta de por quién nunca votaría. Otras mediciones en el mismo período reforzaron la idea de un rechazo alto, un dato que importa porque marca un techo entre independientes, jóvenes urbanos y la masa silente.
Ese rechazo funciona como límite práctico. Incluso si el PRM se desgasta, una parte del electorado puede optar por abstenerse o votar por descarte antes que apoyar a Fernández. Por eso la segunda vuelta, si llega, no es garantía. Sin un PLD transferible y con un rechazo alto, la Fuerza del Pueblo necesitaría que el oficialismo baje lo suficiente como para liberar un volumen grande de electores dispuestos a cruzar hacia Fernández, y que esa transferencia no se convierta en abstención.
Queda la pregunta sobre un desplome del PRM. Con datos observables hasta 2025, el escenario base favorece al partido gobernante por tres hechos simples. Primero, ganó con mayoría absoluta, conserva control territorial amplio y no luce sin recambio. Un derrumbe real suele requerir crisis económica sostenida, deterioro serio de seguridad, escándalos de gran escala o fracturas internas profundas. Si no converge una mezcla de ese tipo, lo más probable es desgaste gradual, no colapso súbito.
Traducido a probabilidades condicionadas, el cuadro es estrecho. Sin crisis mayor y con un PLD hostil o neutral pasivo, la probabilidad de victoria de Fernández y la Fuerza del Pueblo en 2028 se mueve en un rango bajo, alrededor de 5 a 15 por ciento. Con deterioro severo del PRM, divisiones internas y un rechazo hacia Fernández que no aumente, el rango podría subir, pero seguiría dependiendo más del fallo del oficialismo que de una expansión orgánica opositora. Ese es, hoy, el mayor obstáculo de Leonel Fernández.

















