Carolina Mejía y la conversación pendiente con la diáspora dominicana

Su rol partidario la sitúa en el centro del poder político. Su rol municipal ofrece resultados discutibles o defendibles, pero al menos medibles. Esa combinación permite hablar de institucionalidad y gestión, algo que muchas comunidades fuera del país reclaman cuando preguntan qué se está haciendo y hacia dónde va el país.
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Nueva York.– En la política dominicana la diáspora suele aparecer en el discurso como cifra y como recuerdo. Se habla de remesas, de familia, de nostalgia. Mucho menos frecuente es verla como lo que también es, un actor cívico con peso propio y con una relación incompleta con el sistema político; esa distancia entre lo que aporta y lo poco que participa no es una percepción. Es un dato.

Para las elecciones del 19 de mayo de 2024, el padrón electoral total fue de 8,145,548 electores hábiles. De ese universo, 863,785 dominicanos estaban inscritos para votar desde el exterior. La Junta Central Electoral ha señalado que, si ese padrón se midiera como una demarcación interna, sería la segunda más grande del país, solo por detrás de la provincia Santo Domingo. Superaría incluso al Distrito Nacional y a Santiago.

El contraste es evidente. Ese peso existe en los números, pero no siempre en la práctica. La diáspora está registrada, pero sigue siendo un actor intermitente en la conversación política. Mantiene lazos constantes con la República Dominicana a través de la familia, los viajes y la cultura, pero participa poco en los procesos de decisión.

En estados como Nueva York, Nueva Jersey, Connecticut, Pensilvania, Massachusetts, el corredor DMV, las Carolinas y Florida, la vida dominicana se articula alrededor del trabajo, las iglesias, los pequeños negocios y redes comunitarias donde circula la información y se forman opiniones, muchas veces al margen del debate político formal.

Ese vacío no es nuevo ni exclusivo de un partido. Durante años, la relación entre el Estado dominicano y su diáspora ha sido episódica, marcada por campañas, promesas y gestos simbólicos, pero pobre en mecanismos de participación sostenida. Por eso, cuando una figura pública intenta acercarse desde la gestión y no solo desde el discurso, el ejercicio merece ser observado con atención crítica.

Carolina Mejía entra en ese escenario desde una posición particular. Por un lado, ocupa una función central en la estructura del Partido Revolucionario Moderno (PRM) como secretaria general, con incidencia directa en la vida orgánica del partido. Por otro lado, gobierna desde lo municipal, un espacio donde la política se mide menos por consignas y más por resultados visibles.

Desde la Alcaldía del Distrito Nacional, su gestión ha apostado por el orden urbano, la recuperación de espacios públicos y servicios concretos. Un balance institucional reporta la intervención de 186 parques y plazas, con 16 reconstruidos en 2024. Para la diáspora, este tipo de datos tiene un valor particular. Muchos migrantes evalúan al Estado dominicano comparándolo con el Estado que conocen en el exterior, a partir de señales simples y tangibles, limpieza, movilidad, parques funcionales, trámites eficientes, capacidad de ejecutar y responder.

El lenguaje con el que se comunica esa gestión también importa. La idea de que una ciudad no se transforma sin el ciudadano puede sonar conocida, pero conecta con una generación nacida o criada fuera del país que se relaciona con la política desde otros códigos. Para ese segmento, la lealtad histórica pesa menos que la transparencia, las oportunidades, la educación, la seguridad, la tecnología y los servicios que funcionen.

La dimensión económica termina de explicar por qué esta conversación no debería seguir siendo ocasional. En 2025, las remesas enviadas a la República Dominicana alcanzaron los 11,866.3 millones de dólares, cerca del 10 por ciento del producto interno bruto. El dato no convierte el aporte económico en argumento político, pero sí subraya una realidad que subraya que cuando millones sostienen hogares, invierten, viajan y gestionan documentos desde el exterior, la relación con el Estado no puede limitarse a ciclos electorales y esto es lo que Carolina Mejía puede hacer diferente.

El reto está en traducir ese peso económico y demográfico en participación real. Ahí es donde el perfil de Carolina Mejía puede servir como punto de entrada, sin necesidad de propaganda.

Su rol partidario la sitúa en el centro del poder político. Su rol municipal ofrece resultados discutibles o defendibles, pero al menos medibles. Esa combinación permite hablar de institucionalidad y gestión, algo que muchas comunidades fuera del país reclaman cuando preguntan qué se está haciendo y hacia dónde va el país.

La conversación pendiente con la diáspora no se resolverá con discursos ni con visitas puntuales. Requiere constancia, escucha y mecanismos reales de inclusión. El desafío no es solo que la diáspora vote más, sino que el sistema político esté dispuesto a verla como algo más que una cifra o una fuente de remesas.

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