EE.UU. incauta petrolero ruso sancionado y envía un mensaje directo a Moscú en el Atlántico Norte

El 7 de enero de 2026, en aguas del Atlántico Norte entre Islandia y el Reino Unido, Estados Unidos abordó e incautó el petrolero ruso Marinera, antes conocido como Bella 1, bajo una orden de un tribunal federal y tras ser rastreado por el guardacostas Munro, según confirmaciones públicas de mando militar estadounidense y reportes de prensa.
La escena tiene valor por lo que enseña sobre el método. El Marinera intentó cubrirse con una nueva identidad registral, incluida bandera rusa, dentro de un momento de máxima presión de Washington contra la logística del crudo venezolano sancionado. Pero el punto no fue la pintura del casco. El punto fue la señal de alcance. Para la Casa Blanca, la sanción ya no es un mapa político, sino una operación de interdicción que viaja con el barco.
En el tramo final de la persecución, Moscú intentó elevar el costo político del abordaje. Reportes de Reuters y prensa británica señalaron que el Marinera avanzaba mientras era seguido, o “sombreado”, por un submarino ruso, un gesto de escolta pensado para disuadir y para colocar a Washington frente a un dilema de riesgo y reputación en aguas internacionales.
Al mismo tiempo, la vigilancia aérea se intensificó con plataformas capaces de detección antisubmarina, como parte del cerco operativo. La incautación se ejecutó de todos modos y sin resistencia, y convirtió esa amenaza implícita en una señal todavía más clara, la bandera y la escolta ya no garantizan inmunidad cuando el objetivo es cortar la infraestructura del negocio.
El contexto inmediato es la orden anunciada por Donald Trump el 16 de diciembre de 2025, presentada como un bloqueo total contra petroleros sancionados que entren o salgan de Venezuela. Reuters documentó esa directriz y el debate legal que abre cuando se ejecuta lejos del Caribe.
Hasta aquí, el caso podría leerse como otro capítulo de la guerra contra la llamada flota sombra. Pero el centro real de este artículo está en Rusia, porque Rusia no “necesita” el crudo venezolano para abastecerse. Rusia exporta petróleo. Su interés en Venezuela, cuando escala, suele ser otro, servir como intermediario, financista y operador logístico para que PDVSA coloque cargamentos con descuento en terceros mercados y obtenga caja pese a sanciones.
Eso no es especulación. Es un patrón que Washington dejó por escrito cuando sancionó en 2020 a Rosneft Trading S.A. por operar en el sector petrolero de Venezuela, y luego a TNK Trading International por el mismo rol, señalando una sustitución de estructuras para evadir la presión.
Entre 2019 y 2025, el engranaje ruso ligado al crudo venezolano se concentró en un puñado de nombres clave Rosneft Trading S.A. y TNK Trading International como corredores comerciales y logísticos bajo sanciones, y luego Roszarubezhneft junto a su órbita corporativa como Petromost en la continuidad de activos en Venezuela.
Lo cuantificable en fuentes públicas se ubica sobre todo en el pico 2019–2020, cuando Reuters documentó que Rosneft Trading y TNK llegaron a manejar más de un tercio de las exportaciones de crudo de Venezuela para reventa a clientes finales.
El Tesoro de EE.UU. afirmó que solo entre septiembre y diciembre de 2019 PDVSA planificó liftings por unos 55 millones de barriles con Rosneft Trading, y que TNK compró cerca de 14 millones de barriles en enero de 2020 tras reasignaciones para evadir sanciones; datos respaldados por U.S. Department of the Treasury de los Estados Unidos.
Public Eye sintetiza ese mismo tramo como unos 60 millones de barriles gestionados con PDVSA entre agosto de 2019 y enero de 2020, incluyendo tácticas como transferencias de barco a barco para dificultar el rastreo del origen.
Con precios Brent típicos de ese período, en el rango aproximado de 60 a 70 dólares por barril, el valor bruto de esa mercancía ronda 3.6 a 4.2 mil millones de dólares, aunque las comisiones y márgenes netos de intermediación no están publicados de forma desagregada. A partir de 2020, el componente ruso más visible se reconfiguró hacia tenencia y operación de activos mediante Roszarubezhneft y asociados, por lo que no existe una cifra pública única y consolidada 2019–2025 que sume el dinero “trasegado” por todas esas entidades con el mismo nivel de trazabilidad que en 2019–2020.
Hoy, además, Rusia aparece por otra vía que es tan rentable como estratégica, los insumos. Reuters reportó en diciembre de 2025 que el aumento de exportaciones rusas de nafta hacia Venezuela quedaba en riesgo por el nuevo bloqueo estadounidense. Esa nafta funciona como diluyente, esencial para mezclar y poder exportar ciertos crudos. En lenguaje simple, sin diluyentes no hay exportación estable. Con diluyentes, PDVSA gana oxígeno y el intermediario gana doble, vende el insumo y ayuda a monetizar el crudo que sale.
En ese marco, la incautación del Marinera importa incluso por lo que no llevaba. Associated Press y datos de seguimiento citados en coberturas públicas señalaron que el buque estaba vacío cuando fue abordado. Es decir, la operación no fue solo por un cargamento. Fue por el mensaje hacia la red, sus banderas de conveniencia, sus papeles, sus rutas, sus comisiones.
Otros actores han aprovechado el caos venezolano, pero en este episodio la pieza rusa es la que explica mejor el tablero. Cuando un barco intenta “volverse ruso” para ganar inmunidad psicológica, no está hablando de energía. Está hablando de protección, jurisdicción y miedo. Y cuando Washington lo toma igual, está diciendo que su ofensiva apunta a la infraestructura del negocio, no solo a Caracas.
El Marinera es, entonces, una advertencia para el corredor. Para el que pone el papel, el seguro, la ruta y el comprador final. Si el petróleo venezolano sigue siendo moneda de guerra, Rusia no aparece como consumidor. Aparece como operador.





















