El Consulado dominicano en Nueva York detiene su rutina para honrar a Ramón Alburquerque

En medio del ruido cotidiano del consulado, el minuto de silencio dejó claro que algunas trayectorias no se despachan con rapidez. Se recuerdan, se discuten y, en ciertos momentos, se honran colectivamente.
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El Consulado General de la República Dominicana en Nueva York, representado por el cónsul general, Jesús Vasquez Martines (Chú),  abrió sus puertas este lunes  para un acto inusual, sobrio y cargado de significado. En un espacio acostumbrado al trámite diario, a las filas y a la urgencia de los servicios consulares, el silencio se impuso para rendir homenaje póstumo a Ramón Alburquerque Ramírez, una figura cuya trayectoria política y humana dejó huella dentro y fuera del país.

La ceremonia comenzó con las palabras del maestro de ceremonias, Ramón Antonio Jiménez, quien dio la bienvenida en nombre del cónsul Jesús Antonio Vázquez Martínez a quienes acudieron al consulado. Recordó que esa sede trabaja a diario con el propósito de ofrecer un servicio de calidad a la diáspora dominicana, pero también subrayó que, en momentos como este, el deber institucional se extiende a la memoria y al reconocimiento de quienes marcaron la vida pública nacional.

El homenaje tuvo lugar en un contexto de duelo nacional. El presidente Luis Rodolfo Abinader Corona había decretado el primero de febrero como Día de Duelo Nacional, una decisión que dio marco oficial a un sentimiento ya extendido. En el consulado, ese decreto se tradujo en un llamado a ponerse de pie y guardar un minuto de silencio; no fue un gesto protocolar vacío. Fue una pausa compartida para recordar a un servidor público descrito como brillante, perseverante y digno de imitar.

Durante el acto, se evocaron aspectos menos conocidos de su vida. Desde temprana edad, Alburquerque enfrentó serios problemas de salud y fue sometido a catorce intervenciones quirúrgicas, una experiencia que no lo detuvo ni lo confinó a la fragilidad. Por el contrario, el maestro de ceremonia, Ramón Antonio Jiménez, destacó que esa infancia marcada por la adversidad forjó una voluntad que lo acompañó toda la vida y lo impulsó al aprendizaje de  cinco idiomas, se aferró al estudio y construyó una formación que combinó rigor técnico y vocación pública.

La presencia institucional fue clara. Funcionarios consulares como José Elías Paulino y Sterling Pérez, auxiliares consulares, Leonel Tanguí, vicecónsul, y Elías Barreras Corporán, encargado de Comunicación, acompañaron el acto en representación del consulado dominicano en Nueva York; su presencia reforzó la idea de que el homenaje no era un gesto aislado, sino una posición asumida por la representación oficial del Estado dominicano en la ciudad.

La figura recordada iba más allá del cargo o del partido. Ramón Alburquerque Ramírez nació el 5 de junio de 1949 en la provincia Monte Plata y se formó como ingeniero químico en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Complementó sus estudios con especializaciones en planificación económica que le permitieron integrarse temprano a la administración pública, donde ocupó funciones técnicas y de gestión antes de dar el salto definitivo a la política.

En el ámbito legislativo, fue elegido senador por Monte Plata en varias ocasiones a partir del período 1990 1994, representando al Partido Revolucionario Dominicano. Su paso por el Congreso estuvo marcado por una participación activa en la elaboración de leyes y por su ascenso a posiciones de liderazgo, incluyendo la presidencia del Senado en distintos momentos; desde allí se convirtió en una de las voces más influyentes en años de alta tensión institucional.

Su carrera incluyó también cargos clave en la administración pública, entre ellos ministro de Economía, Planificación y Desarrollo, presidente de la Refinería Dominicana de Petróleo, de la Comisión Nacional de Energía y de la Comisión Nacional Técnico Forestal. En 2023 formalizó su precandidatura presidencial dentro del Partido Revolucionario Moderno (PRM) organización de la que fue miembro fundador, aunque la candidatura recayó finalmente en el presidente Abinader.

El homenaje en el consulado de Nueva York no buscó repasar toda su biografía ni cerrar debates sobre su legado. Fue, más bien, un gesto de reconocimiento desde la diáspora hacia un dirigente cuya vida pública estuvo marcada por el servicio, la controversia y la resistencia personal.

En medio del ruido cotidiano del consulado, el minuto de silencio dejó claro que algunas trayectorias no se despachan con rapidez. Se recuerdan, se discuten y, en ciertos momentos, se honran colectivamente.

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