Hipólito Mejía se suma a reclamos en el PRM por cambios, no traslados e inclusión de la base

Las palabras de Hipólito Mejía, lejos de ser una salida individual, se insertan en ese mismo hilo de tensión. Son la expresión de un malestar acumulado que hoy ya no se esconde. El PRM llegó al poder prometiendo un cambio de prácticas. Ahora enfrenta el desafío de no reproducir, desde dentro, los vicios que durante años criticó. El tiempo político corre, y la base observa.
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Santo Domingo, RD.-Hipólito Mejía no habló al vacío. Su reclamo público de cambios reales dentro del gobierno de Luis Abinader recogió un malestar que desde hace meses recorre las entrañas del Partido Revolucionario Moderno(PRM). No es una inconformidad superficial ni una simple diferencia de estilos; es una tensión de fondo que atraviesa al oficialismo y que tiene nombres, decisiones y consecuencias políticas concretas.

Desde la Basílica de Higüey, el expresidente Hipólito Mejía puso en palabras lo que muchos dirigentes del partido comentan en privado. No se trata de mover funcionarios de un escritorio a otro, sino de corregir una dinámica que ha generado frustración en la base perremeísta. Cancelaciones de compañeros históricos, desplazamiento de técnicos formados dentro del partido y la llegada de figuras sin arraigo político ni compromiso previo con el proyecto que llevó al PRM al poder.

Cuando Mejía dijo “yo quiero cambios, no traslados”, no estaba apelando a una consigna. Estaba cuestionando una forma de gobernar que, a juicio de sectores internos, ha privilegiado la comodidad administrativa sobre la coherencia política. Su advertencia de que el presidente podría sentirse “traicionado o engañado” por algunos de sus propios funcionarios apuntó directamente a un problema de conducción interna más que a una crítica personal.

El exmandatario también puso el foco en el silencio presidencial y en la suspensión del espacio de diálogo semanal con la prensa. Su comentario irónico sobre La Semanal no fue casual. Para muchos dentro del PRM, la falta de comunicación directa del presidente con la opinión pública y con su propio partido ha ampliado la distancia entre el gobierno y la militancia que lo sostiene.

Ese descontento no tardó en adquirir forma institucional. Días antes, desde el Congreso Nacional, dos voces con peso propio sacudieron al oficialismo. El presidente de la Cámara de Diputados, Alfredo Pacheco, y el senador por Montecristi, Bernardo Alemán, llevaron al espacio público lo que hasta entonces se discutía en corrillos partidarios.

Pacheco habló sin rodeos. Denunció una persecución interna que, bajo el argumento de reorganizaciones administrativas, ha terminado desplazando a militantes preparados para dar paso a funcionarios que definió como oportunistas. Personas que, según su relato, han sobrevivido a todos los gobiernos y hoy se presentan como imprescindibles, mientras quienes defendieron al PRM en los años de oposición son empujados fuera del Estado.

El caso de la Dirección General de Impuestos Internos (DGII) se convirtió en símbolo de ese malestar. Tras un cambio en su dirección, equipos completos fueron cancelados sin distinción. Las preguntas que Pacheco lanzó en plena sesión legislativa fueron tan políticas como éticas ¿Por qué llevárselos a todos. ¿Por qué borrar de un golpe a técnicos y dirigentes que, además de militantes, se formaron para servir al Estado?

En su intervención apareció un elemento incómodo para cualquier gobierno. La memoria. Pacheco recordó que muchos de los cancelados sostuvieron al PRM cuando no había cargos ni beneficios. Hoy, dijo, son esos mismos cuadros los que pagan el costo de una gestión que parece olvidar su propia historia.

Desde el Senado, Bernardo Alemán fue aún más lejos. Su diagnóstico no se limitó a describir el problema. Proyectó sus consecuencias. A su juicio, si esa dinámica no se corrige, el PRM podría perder el poder en 2028 y enfrentar procesos judiciales contra miembros de su propia estructura; no fue una amenaza, sino una lectura cruda de la política dominicana y de cómo suelen cerrarse los ciclos de gobierno.

Alemán habló desde el territorio. En Montecristi, relató, las cancelaciones se multiplicaron tras cambios administrativos. Militantes desvinculados del Poder Judicial, brigadas desmontadas en Obras Públicas, decenas de compañeros removidos en Educación, Frontera, Agricultura, Aduanas e Industria y Comercio. El patrón, según el senador, se repite. Siempre pierden los mismos. La base.

Tanto Pacheco como Alemán coincidieron en un punto esencial. El problema no es el cambio, sino la forma. No es la renovación, sino el desprecio por la militancia. No es la gestión, sino la desconexión entre el gobierno y el partido que lo llevó al poder; el llamado fue directo al presidente Abinader, para que asuma con mayor firmeza la conducción interna del PRM y frenar una dinámica que erosiona su propia estructura.

Las palabras de Hipólito Mejía, lejos de ser una salida individual, se insertan en ese mismo hilo de tensión. Son la expresión de un malestar acumulado que hoy ya no se esconde. El PRM llegó al poder prometiendo un cambio de prácticas. Ahora enfrenta el desafío de no reproducir, desde dentro, los vicios que durante años criticó. El tiempo político corre, y la base observa.

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