Luis Abinader, el PRM y la soledad del poder

Nueva York. El presidente Luis Abinader y el Partido Revolucionario Moderno (PRM), están entrando en una etapa donde la política deja de ser administración y se convierte en memoria. No es todavía el 2028, pero el reloj interno ya empezó a moverse. Y en ese tipo de ciclo, cuando un partido se prepara para escoger a su candidato presidencial, hay una verdad que conviene recordar sin estridencias, como quien mira una sombra para no tropezar. “Cuando se abre una flor, al olor de la flor se le olvida la flor”.
La fragancia nace en silencio, dentro de los pétalos. Se forma en lo oculto, se alimenta de la savia, crece protegida por la estructura que la sostiene. Pero cuando la flor se abre, el aroma se libera. Se expande. Viaja con el viento. Conquista el aire. Y en ese instante de libertad, deja atrás su origen. No vuelve la vista. No reconoce el tallo que la sostuvo. No agradece el pétalo que la formó. Simplemente se aleja y se olvida de la flor.
La metáfora no habla de botánica. Habla del ser humano. Habla del hijo que alcanza éxito y ya no recuerda las manos que lo levantaron cuando cayó. Del discípulo que, una vez reconocido, niega al maestro que le enseñó a pensar. Del beneficiado que recibe ayuda y, cuando ya no necesita, se distancia para no deber; la fragancia representa el logro. La flor representa el origen. Y en esa separación silenciosa se instala la ingratitud, el olvido y la soledad del poder.
En el universo de los partidos, el origen no siempre es una persona. A veces es una estructura. A veces es una coyuntura. A veces es un liderazgo que encarna un momento. En el PRM, esa ecuación tiene nombre propio, porque Abinader no solo gobierna, también representa el centro gravitacional de una etapa.
Por eso, cuando el partido se aproxima a un proceso interno para escoger su candidatura presidencial de 2028, la pregunta relevante no es quién, sino cómo. Y la lección regional sugiere que el cómo suele decidir el destino de los vínculos.
En América Latina hay un patrón, que no debe ser ignorado y debe servir de alerta temprana, porque se repite cuando un presidente respalda a su sucesor y, ya en el poder, ese heredero rompe con el padrino político y permite o impulsa que el expresidente quede expuesto a procesos judiciales.
No siempre se trata de una orden directa del Ejecutivo, porque los expedientes avanzan por fiscalías y tribunales con dinámicas propias. Pero el giro político del sucesor suele cambiar el clima institucional, abrir puertas a investigaciones antes congeladas y convertir al antiguo líder en blanco de causas que el nuevo gobierno deja correr o respalda.
Ecuador fue un ejemplo visible. Lenín Moreno llegó en 2017 como continuidad de Rafael Correa, y la relación se fracturó con rapidez. Luego vinieron las decisiones judiciales que terminaron de sellar la ruptura.
Panamá ofreció un cuadro semejante. Juan Carlos Varela sucedió a Ricardo Martinelli tras haber sido su vicepresidente, y el distanciamiento se convirtió en guerra política, con expedientes, solicitudes de extradición y una narrativa de persecución que marcó el país. Bolivia expuso una variación contemporánea. Evo Morales impulsó a Luis Arce como continuidad y la relación derivó en rivalidad abierta, con acusaciones y órdenes judiciales en un clima de fractura interna.
Colombia, con sus particularidades, enseñó otra forma del mismo desgaste. Juan Manuel Santos llegó tras haber sido ministro de Álvaro Uribe y la ruptura se convirtió en una división estructural, mientras el expresidente enfrentaba procesos y denunciaba persecución.
Ninguno de esos casos prueba que la historia se repite de forma mecánica. Lo que prueban es que la transición del poder tiene un riesgo incorporado. El sucesor, una vez investido, deja de ser proyecto y se convierte en poder. El poder exige autonomía. Y esa autonomía, si no está contenida por cultura institucional, puede terminar convertida en desprendimiento, frialdad, ruptura.
Ahí es donde el presidente Abinader y el PRM deben mirar con madurez el proceso interno que se aproxima. Neutralidad y acompañamiento no son palabras menores. Neutralidad no significa abandono. Acompañamiento no significa imposición. Lo que se decide en ese tramo no es solo un candidato, es el clima moral del partido; es la forma en que una organización gestiona el relevo sin incubar resentimientos, sin convertir la competencia en enemistad, sin dejar que la ambición vuelva sospechosa la gratitud.
La soledad del poder no comienza cuando se abandona el Palacio. Comienza cuando el poder empieza a caminar solo, cuando la fragancia aprende a expandirse sin recordar su flor. Por eso, una advertencia sutil suele ser más útil que una orden, y una reflexión honesta suele ser más eficaz que un gesto de fuerza.
Si el PRM quiere llegar al 2028 sin pagar el precio que otros partidos en la región han pagado, tendrá que cuidar el método, el tono y la convivencia. Y el presidente Abinader, que conoce el peso de las decisiones que no se anuncian pero se sienten, sabrá que en política hay triunfos que se miden en votos, y otros que se miden en algo más difícil y determinar si el poder, al expandirse, conserva memoria.

















