Ramón Alburquerque deja su mensaje final al pueblo y fija posición sobre Abinader

El texto culmina con un llamado directo y sin rodeos al pueblo dominicano. No dar un paso atrás. No renunciar a un presidente que rechaza el robo. No entregar el país a quienes no quieren combatir la corrupción. Alburquerque no presenta esto como imposición, sino como una sugerencia visionaria en medio de una crisis global.
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Nueva York.- El 23 de enero de 2026, el periódico Hoy publicó un texto titulado “El futuro del PRM en el poder”. Para muchos lectores fue un artículo político más. Para quienes conocían el contexto real en que fue concebido, fue algo muy distinto un mensaje final, dictado cuando la vida se apagaba y el tiempo ya no admitía silencios.

Ramón Alburquerque no escribió ese texto desde la comodidad de una oficina ni desde la tribuna del poder. Lo dictó desde su lecho de muerte en CEDIMAT, pocos días después de regresar al país tras un tratamiento prolongado contra un cáncer de hígado en un hospital de Nueva York; la enfermedad había avanzado. El margen era mínimo. La palabra, en cambio, seguía intacta.

Según versiones coincidentes en su entorno familiar y político, Alburquerque pidió expresamente que el mensaje no quedara como una reflexión privada. Quiso que se publicara. Quiso que llegara al pueblo dominicano. No como despedida sentimental, sino como advertencia política, como testimonio y como acto de responsabilidad pública.

Siete días después de su publicación, el 30 de enero de 2026, Alburquerque falleció. Esa cercanía temporal resignifica cada línea del texto. Lo convierte en algo más que un análisis partidario; lo coloca en el terreno de los testamentos políticos, esos que no buscan agradar ni negociar, sino dejar constancia y una advertencia al pueblo.

En su mensaje, el ingeniero parte de una advertencia clara al país. El pueblo dominicano, escribe, no puede dar un salto atrás hacia modelos de poder que protegieron la corrupción y delegaron en la opinión pública lo que correspondía a la justicia. En su lectura, ese retroceso sería imperdonable.

En ese contexto, Alburquerque fija con nitidez su posición sobre el presidente Luis Abinader. No hay ambigüedad. Afirma que nadie puede negar que fue Abinader quien rompió con ese estilo histórico, ordenando auditorías y poniendo a disposición de la justicia a presuntos responsables de corrupción.

Para Alburquerque, ese giro representó un cambio del cielo a la tierra y constituyó, por sí solo, una garantía de lucha real contra el robo de los dineros públicos.

La afirmación adquiere un peso especial si se considera el clima político previo. Durante meses, e incluso años, circuló en República Dominicana la percepción de un distanciamiento entre Alburquerque y el presidente, alimentada por la ausencia de un nombramiento ministerial y por lecturas interesadas dentro y fuera del partido.

El propio Abinader desmintió esa versión horas después de la muerte del dirigente. Pero el desmentido más contundente ya estaba escrito, y publicado, por el propio Alburquerque.

Lejos de cualquier ajuste de cuentas, el texto es una defensa explícita de un modelo de poder que no interfiere con la justicia, incluso cuando los investigados son compañeros, amigos o figuras cercanas. Alburquerque no habla en abstracto. Habla desde la experiencia y desde la autoridad de quien participó en la formación política de gran parte de la dirigencia actual del PRM.

En su mensaje, Ramón Alburquerque enumera con nombres y apellidos a hombres y mujeres a quienes formó, aconsejó o acompañó en su crecimiento político. No lo hace como alarde, sino como rendición de cuentas. Menciona al presidente Luis Abinader, a quien afirma haber formado cuando lo necesitó; a su hijo político José Ignacio Paliza; al presidente del Senado Ricardo de los Santos; al cónsul general en Nueva York Chu Vásquez; y a dirigentes como Kelvin Cruz, Eddy Olivares, Josefa Castillo, Kimberly Taveras y Jheyson García.

Recuerda también a Ginnette Bournigal, a dirigentes de Monte Plata como Lenín Valdez, Pedro Antonio Tineo y Román de Jesús, así como a Wellington Arnaud. En ese recuento íntimo incluye a quien consideró su hermano,  Darío Gómez Martínez y a Orlando Jorge Mera, a quien describe como un hijo, aunque ya no estén con nosotros; al cerrar esa enumeración, deja claro que su mayor legado no es material. Es ético.

Alburquerque insiste en que no se puede dar un paso atrás con un presidente que rechaza el robo de los dineros públicos cuando el país cuenta, como él subraya, con funcionarios y políticos brillantes. A su juicio, la nación debe seguir en buenas manos. Reconoce que nada es perfecto, pero afirma que precisamente por eso el Partido Revolucionario Moderno(PRM) debe continuar en el poder, no como imposición, sino como una sugerencia visionaria orientada a preservar el desarrollo y el bienestar del país.

Aclara que esa postura no busca aplastar a otros partidos que no quieren combatir la corrupción, sino dejar esa decisión en manos de ellos mismos. En medio de una crisis global, concluye, el pueblo dominicano tiene en el PRM, a su juicio, su camino más seguro.

El texto culmina con un llamado directo y sin rodeos al pueblo dominicano. No dar un paso atrás. No renunciar a un presidente que rechaza el robo. No entregar el país a quienes no quieren combatir la corrupción. Alburquerque no presenta esto como imposición, sino como una sugerencia visionaria en medio de una crisis global.

Visto en su totalidad, el titular “El futuro del PRM en el poder”,  no es solo un artículo. Es una pieza histórica dictada cuando ya no había espacio para el cálculo ni para la conveniencia. Es la voz de un dirigente que eligió hablarle al pueblo antes de morir y dejar, por escrito, su posición final sobre el país, el poder y la justicia.

Ese fue su último acto público. No desde una tarima, ni desde un cargo, sino desde la fragilidad de un cuerpo agotado y la claridad intacta de una convicción política.

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