Todo había terminado

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Los motores del artefacto irrumpieron en el silencio de aquel hombre que arrastraba consigo una pequeña maleta. Entró, se sentó y en unos cuentos minutos aquél enorme aparato surcaba los cielos, unos cielos desconocidos para él. Tras de sí, quedaban mil sueños desmedrados, mil sueños que él se había forjado y que hoy se derrumbaron llevándolo a un exilio eterno.

Esos sueños tan frágiles como inciertos, esos sueños cultivados en la infertilidad, esos sueños convertidos en escombros, escombros que aquel hombre apartaba y surgía de ellos como el ave fénix.

Siguió en silencio, taciturno, meditativo, llevaba consigo el sabor de la ingratitud, de la incomprensión y le pagaron mal. Miró hacia a tras, recordó la historia del Mesías, comprendió la condición humana y continuó su vuelo de ida.

Se dirigía a lo infinito, buscaba un mundo metafísico en donde el dolor sea un mito, perseguía el bien tras haber vivido entre los malos, perseguía la confianza que sin querer le habían robado.

Así se fue, sin dejar huellas. Partió a un mundo infinito, perdido en el espacio y en el tiempo. Se perdió en los laberintos cósmicos de una lejana galaxia inverosímil de la que ya nunca pudo regresar para contar una aciaga historia salpicada de llantos, confusión y dudas.

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