Nueva York.- Javier Milei llevó a la Asamblea General un discurso de confrontación con la ONU y de reafirmación del reclamo argentino sobre las islas Malvinas. Desde el podio, presentó a la organización como una institución que ha perdido autoridad, acusó a sus organismos de exceder sus funciones y reclamó al Reino Unido que retome las negociaciones por la disputa de soberanía.
«Se convirtió en una organización inútil», dijo el presidente argentino al cuestionar el desempeño de Naciones Unidas en la defensa de la seguridad colectiva y los derechos humanos. Milei sostuvo que la institución produce resoluciones, pero carece de capacidad para hacerlas cumplir. Como ejemplo, señaló la resolución 31/49, aprobada hace cinco décadas, que pide a Argentina y al Reino Unido abstenerse de introducir cambios unilaterales mientras la disputa siga abierta.
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El mandatario situó las Malvinas en el centro de su exposición. Afirmó que la actividad petrolera asociada al proyecto Sea Lion avanza sobre recursos que Argentina considera propios y calificó de ilegales las licencias británicas. También dijo que su gobierno ha aplicado sanciones a empresas involucradas y enviado al Congreso una iniciativa para reforzar la defensa de la soberanía nacional.
Milei llamó a Londres a reanudar las conversaciones para buscar una salida pacífica. Su reclamo combinó una apelación al derecho internacional con una advertencia a las compañías energéticas que participen en la explotación de recursos en las aguas disputadas. Así, el discurso proyectó una política de presión económica y legal, aunque el presidente insistió en que Argentina busca una defensa «pacífica» de su posición.
La crítica a la ONU fue más allá de la cuestión territorial. Milei acusó a la organización de mantener una burocracia que, a su juicio, intenta decidir cómo deben vivir los pueblos. También cuestionó la Agenda 2030, las políticas ambientales y de género y la respuesta internacional a la pandemia. Al referirse a las medidas adoptadas durante la crisis sanitaria, las calificó de experimento de control social y llegó a llamarlas «genocidio». Esa fue una acusación formulada por el presidente, no una conclusión establecida por organismos internacionales.
En materia tecnológica, Milei rechazó que el temor a la inteligencia artificial se convierta en motivo para ampliar el control estatal. Defendió el desarrollo de esa tecnología con pocas restricciones preventivas y presentó a Argentina como un país capaz de atraer inversiones en inteligencia artificial, energía y minerales críticos. En su visión, el avance tecnológico puede elevar la productividad y abrir oportunidades económicas.
El discurso también dejó clara la orientación internacional que Milei quiere imprimir a su gobierno. Dijo que Argentina se alinea «sin ambigüedades» con Occidente y mencionó a Estados Unidos e Israel como socios afines. Reiteró su condena a Irán y vinculó esa postura con la búsqueda de justicia por los atentados ocurridos en Argentina en 1992 y 1994.
Milei afirmó que su país seguirá participando en foros multilaterales, pero advirtió que no confundirá cooperación con subordinación. En esa tensión entre permanecer en la ONU y denunciarla como ineficaz descansó buena parte de su mensaje: reclamar que se respeten las resoluciones que favorecen a Argentina mientras impugna el alcance de otras decisiones y agendas de la organización.



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