OSLO, NorUEGA.- A miles de kilómetros de República Dominicana, un grupo de dominicanos decidió que sus costumbres podían servir para algo más que recordar el país que dejaron atrás.
La comunidad se organizó alrededor de la parroquia católica San Olav, en Oslo, y convirtió una jornada dominicana en una actividad destinada a recaudar fondos para una institución que forma parte de la vida religiosa y comunitaria de la capital noruega.
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El encuentro fue impulsado por miembros de la Agrupación de la Virgen de la Altagracia, junto al padre Joel Salas, de la parroquia San Olav. Yedimil y Manuel, representantes de la agrupación, participaron previamente en Radio Latin-Amerika para convocar tanto a dominicanos como a otros residentes latinoamericanos de Oslo.
La jornada fue celebrada el 9 de agosto en los locales del Menighetshus, conocidos también como Kirkekafé, dentro de la parroquia situada en Akersveien, en el centro de Oslo.
No se trataba solamente de reunirse.
Los organizadores colocaron a disposición del público un loppemarked, el tradicional mercado de artículos usados de los países nórdicos, junto con venta de comida dominicana, dulces típicos, bebidas, rifas y otras actividades. Todo el dinero recaudado estaba destinado a los fondos de la parroquia San Olav.
Ese detalle convirtió la actividad en algo distinto.
La gastronomía y las tradiciones dominicanas sirvieron como puente para colaborar con una institución noruega y abrir el encuentro a personas de diferentes nacionalidades. La convocatoria no estuvo limitada a la comunidad quisqueyana, sino que fue extendida a la población latina e hispanohablante residente en Oslo y sus alrededores.
Noruega no figura entre los grandes destinos históricos de la emigración dominicana. La presencia quisqueyana allí es considerablemente menor que en Estados Unidos, España o Italia, lo que hace más visible el esfuerzo de comunidades pequeñas por conservar vínculos entre sus integrantes y, al mismo tiempo, integrarse al lugar donde viven.
En Oslo, esa integración se expresó de una manera sencilla: cocinando, organizando un mercado, reuniendo familias y destinando lo obtenido a una causa común.
La historia también muestra una parte de la diáspora dominicana que pocas veces ocupa titulares internacionales. No aparece ligada a un arresto, un problema migratorio o una tragedia. Aparece organizando, colaborando y formando parte de la estructura social de la ciudad donde decidió establecerse.
En aquel rincón de Oslo, la bandera dominicana no necesitó grandes ceremonias. Estuvo presente en la comida, en las conversaciones y, sobre todo, en una comunidad que encontró una manera concreta de devolver algo al país que ahora también forma parte de su historia



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