Santo Domingo, RD.- Este 16 de agosto, El Faro Latino felicita al pueblo dominicano al conmemorarse el 163 aniversario de la Restauración de la República, una fecha que recuerda mucho más que una victoria militar. Honra a una nación que, después de haber perdido su soberanía, encontró entre su propia gente la determinación para recuperarla.
A quienes viven en el territorio nacional y a los millones que llevan la bandera dominicana por el mundo, esta fecha pertenece a ustedes, a las generaciones que heredaron una patria porque otras estuvieron dispuestas a luchar para devolverle su libertad.
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Para comprender la dimensión de aquel sacrificio hay que regresar a un momento difícil de imaginar desde la República Dominicana de hoy. Hubo un tiempo en que la bandera dominicana seguía viviendo en la memoria de su gente, pero la República que representaba había dejado de existir como Estado soberano.
Habían transcurrido apenas 17 años desde aquella madrugada del 27 de febrero de 1844, cuando los dominicanos proclamaron su independencia. En marzo de 1861, bajo el gobierno del general Pedro Santana, el país fue anexado a España y Santo Domingo volvió a quedar bajo el dominio de la Corona española.
La joven República había desaparecido.
Pero no había desaparecido de la conciencia de los dominicanos. Hubo un momento de la historia en que la bandera dominicana seguía existiendo, pero la República que representaba había desaparecido.
La decisión abrió una de las heridas más profundas de la joven nación. Aquellos hombres y mujeres que habían visto nacer la República todavía estaban vivos. Muchos habían combatido para defenderla. Otros habían crecido escuchando los nombres de Juan Pablo Duarte, Francisco del Rosario Sánchez y Ramón Matías Mella. De pronto, la independencia conquistada apenas una generación antes había quedado anulada.
Santana había defendido la anexión bajo la idea de que la República Dominicana era demasiado débil para sobrevivir sola. El país atravesaba dificultades económicas, inestabilidad política y permanecía bajo el temor de nuevas confrontaciones con Haití. España ofrecía protección militar y respaldo económico. Pero detrás de aquella promesa existía un precio enorme que implicaba dejar de ser una nación soberana.
La resistencia comenzó casi inmediatamente.
Francisco del Rosario Sánchez, uno de los fundadores de la República, se encontraba exiliado en Saint Thomas cuando Pedro Santana consumó la anexión a España. Desde allí organizó una expedición para combatirla y, en junio de 1861, entró al país por la frontera con Haití acompañado por José María Cabral y otros hombres. Cuando el gobierno haitiano, presionado por España, retiró el apoyo a los revolucionarios, Sánchez intentó replegarse, pero resultó herido durante la retirada y fue capturado.
Tras un juicio sumario en San Juan de la Maguana, Sánchez fue condenado a muerte y fusilado junto a varios de sus compañeros el 4 de julio de 1861. Tenía 44 años. Habían pasado apenas 17 años desde la proclamación de la Independencia que él mismo había ayudado a conquistar.
Su sacrificio se convirtió en uno de los grandes antecedentes de la Guerra de la Restauración que estallaría dos años después.
Antes también se había producido la rebelión de Moca, encabezada por José Contreras. Aquellos movimientos fueron derrotados, pero dejaron claro que la anexión no había enterrado el sentimiento independentista.
Durante los dos años siguientes, el descontento fue creciendo. No se trataba solamente de una discusión entre políticos o militares. La nueva administración española comenzó a sentirse en la vida cotidiana. Llegaron impuestos, medidas económicas que perjudicaban intereses locales y diferencias en el acceso a posiciones de poder.
A eso se sumó el trato discriminatorio que numerosos dominicanos negros y mulatos recibieron de funcionarios y militares españoles.
Había además un temor que tocaba una fibra particularmente sensible. España todavía mantenía la esclavitud en Cuba y Puerto Rico. Para una sociedad dominicana que llevaba décadas sin aquel sistema, volver a formar parte de un imperio esclavista despertaba profundas inquietudes.
La pérdida de la República comenzaba a percibirse también como una amenaza a derechos que la población consideraba conquistados.
Entonces llegó el 16 de agosto de 1863.

En Capotillo, una zona montañosa cercana a la frontera con Haití, un grupo de restauradores encabezado por Santiago Rodríguez inició la insurrección que cambiaría nuevamente el rumbo del país. Allí fue levantada la bandera dominicana.
El gesto podía parecer pequeño frente al poder que tenían delante. España era todavía un imperio con ejército, barcos, recursos y posesiones en el Caribe. Los restauradores, en cambio, comenzaban una guerra desde las montañas de una nación pobre, con armas y recursos limitados.
Pero aquella bandera levantada en Capotillo llevaba consigo algo que resultaría mucho más difícil de derrotar, porque la idea de que la República todavía pertenecía a los dominicanos.
El levantamiento comenzó a extenderse por el Cibao. Santiago se convirtió rápidamente en uno de los grandes escenarios de la guerra y posteriormente en centro político de la revolución. Allí los restauradores organizaron un gobierno propio y comenzaron a demostrar que aquello no era una rebelión aislada, sino el intento de reconstruir el Estado dominicano.
Gregorio Luperón
Entre los hombres que comenzaron a sobresalir apareció un joven puertoplateño llamado Gregorio Luperón, con apenas 23 años. Luperón no fue el único líder de la Restauración ni fue quien encabezó el Grito de Capotillo. La guerra tuvo numerosos dirigentes políticos y militares.
Santiago Rodríguez desempeñó un papel fundamental en el inicio del movimiento. José Antonio Salcedo, conocido como Pepillo, encabezó el Gobierno Restaurador. Gaspar Polanco, Benito Monción, Pedro Antonio Pimentel, José Cabrera, Ulises Francisco Espaillat, Benigno Filomeno de Rojas y muchos otros asumieron responsabilidades decisivas.
Pero Luperón comenzó a distinguirse en el campo de batalla.
Su capacidad para movilizar hombres, adaptarse al terreno y enfrentar fuerzas superiores terminó convirtiéndolo en uno de los principales comandantes restauradores. Con el paso de la guerra, aquel joven se transformaría en una de las figuras militares más emblemáticas del movimiento y, posteriormente, en uno de los grandes defensores de la soberanía dominicana durante el siglo XIX.
Ramón Matías Mella
También estaba allí una figura que conectaba directamente aquella guerra con la independencia de 1844. Ramón Matías Mella volvió a tomar partido por la República. Ya no era el joven asociado al trabucazo de la Puerta de la Misericordia. Era un hombre experimentado que asumió responsabilidades como ministro de Guerra del Gobierno Restaurador y dejó instrucciones para combatir mediante guerrillas, aprovechando el conocimiento del territorio y evitando enfrentamientos convencionales que favorecieran al ejército español.
Juan Pablo Duarte y Diez
Juan Pablo Duarte también estuvo ligado a la causa restauradora, aunque el levantamiento comenzó mientras permanecía exiliado en Venezuela, después de haber sido expulsado del país en 1844 por el gobierno de Pedro Santana. Desde el exterior procuró armas, dinero y apoyo para los insurgentes y, en 1864, regresó a territorio dominicano para ponerse al servicio del Gobierno Restaurador en Santiago.
Las autoridades decidieron aprovechar su prestigio enviándolo nuevamente a Venezuela en misión diplomática para buscar respaldo a la causa. Duarte nunca volvió a pisar suelo dominicano y murió en Caracas el 15 de julio de 1876.
Los restauradores comprendieron que no necesitaban derrotar al imperio español en grandes batallas tradicionales. Necesitaban hacer cada vez más difícil, costoso y agotador mantener la ocupación. Atacaban, se dispersaban, volvían a aparecer. Conocían caminos, montañas y poblaciones.
España podía controlar determinadas posiciones, pero controlar permanentemente el territorio resultaba mucho más complicado.
La naturaleza también entró en la guerra. El clima tropical, las enfermedades, las dificultades de abastecimiento y el desgaste golpearon a las tropas españolas mientras la resistencia dominicana continuaba extendiéndose.
Sin embargo, reducir aquella guerra a sus generales dejaría fuera a uno de sus protagonistas fundamentales.
La Restauración adquirió una profunda dimensión popular. Campesinos, comerciantes, artesanos y ciudadanos comunes se incorporaron a una lucha que poco a poco dejó de pertenecer solamente a los hombres que la habían iniciado. Muchos de sus combatientes nunca ocuparon cargos importantes ni dejaron nombres que hoy aparezcan en monumentos. Fueron hombres anónimos que conocían los caminos de las montañas, cargaban armas, transportaban alimentos, llevaban mensajes o abandonaban sus hogares para incorporarse a las fuerzas restauradoras.
También hubo mujeres vinculadas a la causa, algunas desempeñando labores de apoyo, comunicación y asistencia en medio de una guerra que penetró profundamente en la vida de las comunidades.
Por eso resulta difícil colocar la Restauración sobre los hombros de un solo hombre.
Santiago Rodríguez estuvo en el comienzo. Luperón se convirtió en uno de sus grandes comandantes. Mella aportó experiencia militar. Salcedo, Polanco, Pimentel, Monción y otros asumieron responsabilidades políticas y militares. Pero detrás de ellos había una población que había llegado a una conclusión sencilla, segura de que podía soportar pobreza, inestabilidad y sacrificios, pero no estaba dispuesta a renunciar definitivamente a su condición de nación.
La guerra se prolongó durante casi dos años.
España comenzó a comprender que conservar Santo Domingo requería un precio demasiado alto. La ocupación consumía soldados, dinero y recursos sin conseguir destruir una resistencia que encontraba nuevos hombres cada vez que parecía debilitada.
Finalmente, el 3 de marzo de 1865, la reina Isabel II firmó la derogación de la anexión. Meses después, las últimas tropas españolas abandonaron el territorio dominicano.
La República había regresado.
Por eso el significado del 16 de agosto va mucho más allá del Grito de Capotillo. La independencia del 27 de febrero de 1844 había establecido el derecho de los dominicanos a constituirse en nación. La Restauración puso ese derecho nuevamente a prueba cuando la soberanía ya se había perdido.
Los restauradores no estaban tratando de fundar un país nuevo. Estaban intentando recuperar el suyo.
Y lo consiguieron.
La Guerra de la Restauración abrió el período histórico conocido como la Segunda República y dejó una enseñanza que sobrevivió a quienes combatieron en ella. La República Dominicana podía ser pobre, políticamente inestable y militarmente inferior a las grandes potencias de su tiempo, pero había desarrollado una conciencia nacional suficientemente profunda como para levantarse después de haber perdido su independencia.
Cada 16 de agosto, por eso, la bandera que se levantó en Capotillo representa algo más que una victoria militar ocurrida hace más de siglo y medio.
Representa el momento en que un grupo de dominicanos comenzó una guerra contra un imperio para recuperar una República que muchos creían perdida.
Y detrás de Juan Pablo Duarte, Francisco del Rosario Sanchez, Ramón Matías Mella, Santiago Rodríguez, Gregorio Luperón, Monción, Salcedo, Polanco y los demás nombres que conserva la historia, quedó el protagonista que hizo posible aquella victoria…un pueblo que decidió volver a ser dueño de su patria.



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